QUE VES CUANDO ME VES

Viajar siempre tiene eso del deber ser. Existe una conciencia turista según la cual hay ciertos lugares que son obligatorios visitar. Si vas a Europa, tenes que incluir París en tu itinerario; si vas a París, tenes que ir al Louvre. ¿Para qué? Para ver La Gioconda.

Decidimos visitar el museo un miércoles que cierra más tarde para poder aprovechar el resto del día recorriendo la ciudad. Es uno de los más visitados del mundo y con 60.000 metros cuadrados; la mirada completa requeriría mucho tiempo y amor por el arte. De las miles de obras en exhibición, cada uno del grupo decidió qué sala quería visitar para luego encontrarnos en el objetivo final y esencial. Nunca hay dificultad en decidir qué lugares ver, el único problema es verlos todos.

Caminamos a través de los óleos perdidos en un mar de obras maestras de la pintura; siempre con nuestros mapas para no perdernos, algo que ocurrió varias veces. La pinacoteca está al tanto y ayuda a no desviarnos del camino, cada tanto, nos encontramos en pasillos medievales imágenes de la Mona Lisa; como si estuviéramos perdiendo nuestro tiempo viendo un cuadro de David, Delacroix o una escultura de Miguel Ángel. Su mirada siempre está al acecho. Le escapamos siendo testigos de estudiantes que hacen bosquejos de alguna obra sobre su propio lienzo.

Una pared falsa levantada en la mitad de una gran sala. Ahí, está el cuadro, pero frente a él hay un vidrio ancho de protección. Y continúa una especie de pasamanos de madera en semi-círculo y después una cinta que nos separa un metro más aún de la obra.

El cuadro en sí es de un tamaño chico, muy chico. Ya lo sabíamos de antemano,  y más pequeño parece luego de admirar el enorme óleo del Romanticismo, La Libertad guiando al pueblo. Cuando llegamos, estamos abrumados por tanto arte, (sin contar los 20 días previos de puro recorrido por 15 ciudades europeas), que decidimos ver un plano general de la sala.

Decenas de espectadores excitados por tener su foto. Cámaras sin flash, sonrisas, codazos disimulados para conseguir el privilegiado lugar frente al cuadro, brazos estirados; sin duda ahí la selfie dio sus primeros pasos. Todos quieren demostrar: estuve acá y soy feliz. Nadie ve verdaderamente el cuadro. Es ese instante en que se quiere conocer algo que ha sido pensado previamente y en el momento que ocurre, uno no sabe qué decir. Ella los mira a ellos con un fondo impresionante. Y en palabras inocentes de mi hermana, me permito imaginar lo que esa mujer pintada debe pensar: “¿Esto queríamos ver? ¿No se dan cuenta lo que tienen atrás?”. Un lienzo de 6 metros por casi 10 conocido como Las Bodas de Cana.

Ese día más temprano, y los que le sigan, muchas sombrillas sin abrirse pero a la vista bajan de diferentes micros guiando a un montón de gente. Ellos no saben que quieren ser mirados por La Gioconda. Este es el secreto de su sonrisa, lista para las miles de fotos que le roban por jornada.

París, al igual que la obra, es uno de esos lugares sobre los que parece que todos tenemos una historia, una experiencia tan hecha. Incluso quienes nunca la han visitado. Tenemos referencias artísticas, históricas, de libros, películas y canciones. Son pocos lo que se dejan llevar y crear su propia observación. Agradezco a esa frase que nos despertó y no solo hizo ver la obra sino todo lo que estaba a su alrededor.

París. Febrero, 2010.

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