LA FIESTA DEL MUÑECO

Son las siete de la mañana. Papá, entra a la habitación que comparto con mi hermana, y nos levanta a besos. Sin prender la luz, me paro y pienso que mi mochila no es suficiente. Intento meter todos los lápices, marcadores, cuadernos, libros y juguetes posibles dentro. Tan solo nos iremos tres días, estoy segura que no voy a usar todo, pero siempre tengo que llevarlo. Nunca se sabe que va a pasar.

Un Ford Focus azul metalizado es el encargado de llevar todos los preparativos y las ganas de disfrutar. Tras bolsas y mochilas, llega el más deseado el “vitel toné” de mama. Símbolo de las fiestas en familia. Un guiño y un bocinazo alerta a mi tío que llegamos al punto de encuentro. Con cara de dormidos mis primos me saludan a través de los vidrios polarizados.

La Virgen María de la Medalla Milagrosa se asoma desde la cúpula mientras subimos la pendiente de la autopista 25 de mayo. Sé que recién comienza el viaje, pero no podía dejar de preguntar ¿cuanto falta para llegar? Estoy ansiosa.

El viaje es monótono pero me entretengo pensado que este camino duro y gris cemento termina en el fresco y cálido verde de la naturaleza. Salientes verticales y rectangulares coronan los muros de un castillo. No entiendo de distancias y tiempo pero aprendí que aquella estructura es señal de que falta menos. Pensar en quien podría vivir ahí me hace ganar tiempo. No veo la hora de llegar pero me gustaría parar a visitarlo.

Si la línea recta de la autovía me parecía aburrida, al llegar a esta ciudad me encuentro con números que son calles y con calles que son diagonales. La 44, dos veces mi cifra preferida, está decorada con mesas improvisadas repletas de fuegos artificiales, globos y estrellitas. Todo lo observo con atención, dejando la marca de mi respiración en el vidrio. Adolescentes con remeras manchadas por pintura piden una colaboración mientras el semáforo nos obliga a parar. Esqueletos de metal y madera se dejan ver entre papel de diario. Mis dibujos animados favoritos estaban por toda la ciudad.

En ese paseo inicial, ya elegía a quienes visitaría más tarde. En ese instante olvidaba que mis tan queridos personajes de la te.levisión explotarían cuando el reloj marque las 12 del 31 de diciembre, una tradición que se repite cada año en La Plata. Al igual que en otras ciudades de Latinoamérica, cada barrio se reúne para construir un pasaje hacia el nuevo año. Los vecinos se reúnen en el bulevar a ultimar los detalles. Quienes estarán a cargo de cada función. Deben preparar la música y la seguridad. Hay quienes descansan sobre el pasto o juegan un picadito.

Hortensias violetas combinan con un gran portón de rejas verdes. En la 44, entre la 152 y 153, caligrafía azul sobre azulejos blancos nos invitaba a “Las tres Marías”. Una casa blanca con tejados rojos y una amplia galería de baldosas negras. No hay timbre, la bocina ocupa su lugar. Aparece con su característico jogging rojo y chomba blanca, colores de su amado Estudiantes de La Plata, ojotas Adidas y una galletita de salvado completan su look. Nos invita a pasar.

En la mesa nos espera un plato de fideos con salsa de tomate casera, el diario El día y la sonrisa de mi abuela. Desde el ventanal de la cocina, deseo que la hora de la siesta no dure tanto, para poder disfrutar del gran parque y la pileta.

La Plata. Diciembre, 1991-2006.

No Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *